El largo andar de las piedras han herido los caminos del tiempo, - Ken Sánchez La concepción del objeto surrealista en la poesía de Ken Sánchez, parece acercarse más al método trágico-social con paréntesis de amores truncos. A través de sus versos, palpé un ciclo acumulativo que apuntaba a reproducir el pensamiento que renace, después del caos.
sábado, 22 de noviembre de 2014
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viernes, 21 de noviembre de 2014
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jueves, 20 de noviembre de 2014
domingo, 9 de noviembre de 2014
ANCASH: CUENTO
JOSÉ MANUEL TAPIA
LANDAVERE
POR:
Ken Sánchez
Después de 105 años de
su muerte, recién llegamos a conocer un cuentario de éste autor tan esencial
para la Literatura de nuestra Región, pero, en 1948, en “Antología de
Cuentistas Ancashinos” del autor Justo Fernández Cuenca, reeditado por el Fondo
Editorial Huaraz, fuera antologado José Manuel Tapia Landavere con dos cuentos
“Fray Paloma” y “El Hombre de los Ojos Verdes”.
Que, verdaderamente no
conocíamos el valor que tiene el autor, pero en el Libro editado por Ediciones
Atarip, titulado “Cuentos y Fantasías” tenemos 17 cuentos, supongo que habrá
más, o, rogamos al editor Luís Tapia
García, otro volumen, o, tal vez conversar con el presidente del Fondo
Editorial Huaraz para su edición y conocer más, para una selección de sus
cuentos de José Manuel, porque creo es importante para conocer la formación de
nuestra narrativa, o los inicios del cuentos ancashino, es fundamental para la
Historia Literaria de Ancash.
José Manuel Tapia
Landavere, nace en la ciudad de Huaraz el año de 1870 y muere en la misma
ciudad el año de 1909, en plena apogeo de su carrera Literaria. Cursó estudios
secundarios en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe en Lima, luego
de concluir la secundaria, ingresa a la Facultad de Ciencias Matemáticas de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, obteniendo el bachillerato y el
doctorado en la especialidad.
Retornó a su ciudad natal, desempeñando el
cargo de profesor de matemáticas en el glorioso colegio de la Libertad. Contrajo
matrimonio en 1903 con Adela Villanueva Mariluz y le sobrevivieron sus hijos
Manuel Armando, Luís Guillermo y Carlos Alberto.
Hombre ciencias, de
sostenida vocación por la letras, José Manuel, descubrió pronto sus habilidades
en el género del cuento, en los que se de manifiesto su inspiración creadora y
amplios dominios de otra disciplina del conocimiento humanos, a los que llegó
con gran avidez y prodigalidad.
Su producción
literaria inédita se encuentra dispersa en periódicos y revistas de la época,
vale decir, “La Opinión Nacional”, “El Perú Ilustrado”, “Prisma” y de manera
especial “La Neblina” quincenario de artes y letras dirigida y administrada
entre los años 1896 y 1897 por José Santos Chocano.
Entre los años 1895 y
1896 José Manuel, estructura un libro al que denomina “Cuentos y Fantasías” a
base de diez cuentos en originales manuscritos, el mismo que lamentablemente no
llegó a publicarse. De otro lado, anunció la edición de los libros “Cabellos Rubios” y “Entre Rejas”, cuyas
ediciones no llegaron a concretarse.
El editor en estas
circunstancias lo llevó a espigar en diferentes fuentes, todo el material
posible y reunirlos en éste volumen que reivindica al autor en las letras
ancashina y peruana.
Luís Alberto Sánchez
en su obra La Literatura Peruana,
tomo IV afirma: “En 1896 comienza la publicación de la Neblina, quincenario de
artes y letras, que dura hasta 1897. Chocano lo dirige y administra. En sus
páginas se inicia Florentino Alcorta, con unos armonios versos “a la campiña”,
también colabora José Fiansón, Clemente Palma, Enrique A. Carrillo, Alberto
Salomón, Enrique López Albújar y se consagran José Antonio Román, José M. Tapia, Francisco Mostajo,
Federico Larrañaga”.
En la “Antología de
cuentistas Ancashinos”, el autor de la antología afirma: “El cuento así,
convertido en género literario por excelencia para la creación nacional, no
deja de serlo también para los literatos de provincias que por lo regular se
nutren de las corrientes capitalinas. Tal ocurre en Ancash. De Tapia menciona: “Tapia
como literato sobresalió en forma específica en el cuento para el que tenía
singular cualidades”.
Manuel S. Reyna Loli
en “Síntesis de la poesía ancashina”
editado en 1953 confirma que José Manuel “Cultivó el cuento con gran
éxito”, en tanto David T.
Izaguirre señala: “constituye una
revelación del pasado al presente como escritor. Fue un cuentista ameno, de
estilo depuradamente clásico, en el cual sorprende disparos de fino ingenio, de
estirpe gala y metáforas que son precursores de la metáfora del verso
vanguardista.”
EL SEÑOR DE OGAZÓN
*José
Manuel Tapia Landavere
El señor de Ogazón es
tan viejo que el mismo no recuerda la fecha de su nacimiento. Puede asegurarse
que ya no ha de morir, puesto que hasta ha venido. Sus piernas y sus ojos son
las piernas y los ojos de un adolescente de quince años. La suya es una hermosa
ancianidad que no necesita para ostentarse erguida ni de bastones ni de
lazarillos.
Viste casi con
elegancia: sobrero de copa, levita de talle ceñido, guantes de preville…
Ciertamente si su y rostro está apergaminado como el de una momia, su cuerpo en
cambio se mantiene altivo y derecho como
un sauce. Cada vez que le ha mirado así, fiero y limpio, rebosando salud me ha
parecido uno de aquellos famosos patriarcas de la Biblia, pero arreglados a la
moderna. Sus cabellos y sus bigotes son blancos como la nieve, y sus botines de
charol negros y relucientes como la piel de un africano.
¿Qué edad tendrá el
señor de Ogazón? Nadie en la ciudad le ha conocido joven. Durante las
inacabables veladas de invierno, junto a la violenta lumbre de los troncos
encendidos, los abuelos discuten el problema, ¡Tal vez no ha nacido nunca!
Saben solamente que nuestras legiones patriotas de la época de la
Independencia, le han admirado en sus filas lo mismo que ellos le admiran ahora
en los días de gran festividad: muy marcial dentro de su uniforme de coronel de
caballería, muy arrugado y amarillo bajo sus kepís de tres galones dorados.
¡Ya casi un siglo de
esto! Hoy que las crinolinas no engordan a las mujeres y que las pólvoras no
producen humo, el venerable Matusalem habla todavía con entusiasmo de aquellas
opulentas damas del Virreinato que se morían por él; y de aquellos magníficos
fusiles, cargados por la boca, que se disparaban a diez pasos del enemigo,
abrasando las casacas.
¡Era el buen tiempo
para los valientes!
Tres generaciones han
desaparecido envidiando la vejez del centenario. Allá en el cementerio duermen
su último sueño a la sombra de aquellos cipreses que él ha visto plantar. En
los primeros días de noviembre, cuando los enamorados se dan cita allí, el
señor Ogazón, se pasea a lo largo de las avenidas fúnebres, evocando las
tristes memorias de su alma.
¡Aquí están sus
antepasados!... ¡A sus amigos!”… Junto a este rosal la amada!... El señor de
Ogazón quisiera también tenderse en su ataúd al lado de ellos. Le seduce esta
pequeña ciudad de los muertos, tan blanca, tan fresca, con sus diminutas
pirámides de mármol y de yeso que apenas se levantan sobre cada tumba. ¡Ah! ¡No
salir jamás de ella! Porque él no ha peleado, la espada siempre en alto, por
sus hermosos ideales de republicano, para verlos ahora desvanecidos, pompas de
jabón bajo la mentida promesa de un cielo, un instante tranquilamente
primaveral!
Sus gloriosos
recuerdos le acosan… ¡Esas legendarias cargas de Córdova!... ¡Esa rabiosa
esgrima de las grandes batallas! El señor de Ogazón ha sido una de las nobles
figuras de la epopeya, uno de los caballeros cruzados de la magna guerra:
heroico durante el combate; generoso después del combate. Al iniciarse la
derrota del enemigo, siempre lanzándose en su seguimiento, atravesaba el campo
de batalla con la velocidad del huracán. Su “Leal”, un enorme caballo color de
fuego, debía parecer entonces a los fugitivos una nube roja fulminando en torno
suyo el espanto y la muerte.
Por la noche, ya de
vuelta al vivac, mientras un grupo de oficiales le escuchaba atentamente, el
señor de Ogazón refería estupendas hazañas, crueldades inauditas… que nadie
creía. ¡Era para oírle! Primeramente estaba cansadísimo, porque no tenía la
costumbre de hacer prisioneros: realista cogido, realista muerto; herido que
pedía gracia, herido rematado. ¡Si los heridos y prisoneros no sirven mas que
para estorbar la marcha de los ejércitos en campaña! Así es que habiendo
fusilado veintenas de fugitivos, su Leal se había bañado en sangre hasta las
corvas y él hasta los codos… Podía probarlo.
Y mostraba sus manos
–unas diminutas y secas manos de viejo- todas teñidas de rojo cual si hubiese
estrujado cochinillas. Aunque palpable la prueba, sus relatos eran sin embargo
acogidos por el auditorio con sonrisas de bondadosa ironía. ¡Conocían de sobra
el feroz carácter del señor de Ogazón! Una vez, por ejemplo, le habían
encontrado de rodillas junto a un herido dándole de beber de su frasco de
cognac… ¡Le estaba ultimando!... Otra vez, como sintiese a sus espaldas el
galope de un escuadrón patriota, no había vacilado en invitar a dos fugitivos
que infaliblemente iban a ser alcanzados, la grupa de la Leal hasta ponerlos
fuera de peligro… ¿Acaso tenía costumbre de hacer prisoneros?... Y cabalmente
estas dos ocasiones fueron las mayores jactancias de su vida.- “Ahora sí (dijo
a su vuelta en el campamento) que he concluido con todos”… Y girando sobre uno
de sus talones, su brazo derecho extendido y rígido, ejecutabas el ademán de
cortar en torno suyo todo aquel círculo de cabezas admiradas que le rodeaba.
Terminada la guerra el
Señor de Ogazón envainó la espada. –Orgulloso de las dos cicatrices que sacara
en la lucha quedó- únicamente el consuelo de las victorias alcanzadas. Su Leal,
su bravo Leal, diez años después, enmoheciese todavía en su pesebrera
extrañando aquel acre olor de pólvora y sangre que antes llenaba su pecho de
furores. Habíase convertido en un buen caballo burgués, tranquilo, devoraba su
ración de cebada en compañía de una linda yegua, Blanca, la sola amiga que le
distraía en sus tatos de soledad.
¡Qué vida más monótona
y triste que la suya! Año tras año, sentíase morir enfermo de nostalgia
gloriosas, en tanto que su dueño, el señor de Ogazón, por el contrario, seguía
visitándole en el pesebre siempre fuerte, siempre marcial, siempre feliz, cual
si resonase todavía en sus oídos esa alegre charanga de combate, ese formidable
flanteado de cañones que ¡ay! Él, pobre animal, no volvería ya a gozar.
Hoy hubiera querido ver al señor de Ogazón celebrando
aquí nuestra fiesta nacional; pero me dicen que no puede emprender el largo
viaje…
Allá, en su ciudad,
prepara, prepara a sus amigos una gran sorpresa: Va a casarse uno de estos
últimos días de julio, con una joven viuda, muy
entusiasta de sus blancos mostachos.
¡A los ciento treinta
años!
Lima, 1896
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